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4 Agosto, 2016

Sara y los siete y medio

No era un día cualquiera, era la primera vez que nos juntábamos todos los amigos con los niños para pasar unos días en una casa rural. Habíamos equipado los coches como si fuéramos a recorrer Europa de punta a punta. Se notaba como los kilos de panceta y costillares consumían el poco oxígeno que nos quedaba en el habitáculo. Cuna de viaje, bañadores, diez kilos de pañales, de todas las variedades posibles, crema solar factor yeso, muñecos, pelotas, colchoneta, Stimpy el dinosaurio socorrista… vamos, juguetilandia entera…

¡Cariño! ¿Has metido a la niña?

Desde que vi solo en casa no me fío. Último empujón para cerrar el maletero y estamos listos. Empuja un poco más… ¡Ahora!

Hora y media trepidante en la que se palpaba la tensión en los coches, en cualquier momento podían saltar las alarmas y tener que hacer un pit stop por circunstancias ajenas al piloto, y si lo multiplicas por ocho niños, podíamos tardar en llegar a Ávila más tiempo que Frodo a Mordor. Pero no fue así, mamá controlo la situación en todo momento y conseguimos llegar hasta la gasolinera entre cánticos, para que Sara repostara, llegaba con la reserva encendida. (Ojito al nuevo repertorio musical, me río yo de los “cantamusicos” esos). El viaje se saldó con una herida leve por nauseas, la pequeña de los Gutiérrez, que se compuso y recompuso y consiguió llegar al destino al grito de ¡Pero muchacho, estas chorlito!

Nuestra pequeña era la menor de todos, así se pasó el fin de semana, ojiplática perdida observando todo lo que hacían sus semejantes, tomando nota para poder revelar sus artes en un futuro cercano.

Barbacoa, piscina, pista de pádel, futbol, baloncesto, futbolín… ¡Hasta un burro teníamos! La cosa pintaba tan bien que sospechábamos, seguro que nos habían llevado hasta allí para matarnos como en una película americana. Por suerte estamos aquí para contarlo, y digo por suerte, porque nuestro amigo Jorge no se nos partió el cuello de milagro en una rocambolesca jugada en la que acabó haciendo el pino puente sin manos. Suerte que su señora esposa siempre lleva consigo relajantes musculares… Sara y el resto de diminutos se llevaban las manos a la cabeza, hacían la ola y pedían más ¡Futbol Extreme!

Sara reinaba los mares. Entre chapuzón y chapuzón veía como las pequeñas hienas se hacían hueco junto al bol de gusanitos y rugían para ahuyentarse entre ellos. Mientras, a ella cuando le entraba hambre solo tenía que chascar los dedos y pedir su ración de “tetinto” de verano. Menuda vividora…Últimamente lo combina con más cosas que un Gin Tonic, tomate, zanahoria, pollo, judías…esta niña me va a saquear la nevera en breve.

Entre tanto Mara y Valeria se divertían quitándose la una a la otra las cosas una y otra vez. Es increíble, no hay nada que le guste más a un niño que lo que tiene el otro. Dos trocitos de pan al fin y al cabo, la hija del que no puede ver el sol y la sexta componente de The Jackson 5.

Mención aparte a la mayor del grupo, si no fuera del Atleti…Con casi ocho añazos nos dio a todos una lección de comportamiento mientras recitaba una magistral clase de control y amansamiento de fieras. Ha sido la primera supernani de Sara y está tan contenta con ella que me ha pedido que le haga un contrato indefinido.

Y eso que la pobre Carla pasó el sábado como una inglesa en Magaluf después de una noche de fiesta, con la palangana a cuestas y para colmo sufrió el ataque de una avispa sin alma. Si, sin alma, porque se cebaron con los más débiles, yo también sufrí un ataque sin previo aviso mientras jugaba al pádel en la oreja. ¡Si te cojo te reviento pequeña Maya!

Después llego Hugo, el pequeño pastelero con sus pelotas de todos los colores y sus acrobacias por el borde de la piscina. Mateo, el todoterreno, salta por las colchonetas, surfea, se empotra con los cristales, no para, un auténtico torbellino. Y Sofía la cantaora, que igual te canta una rumba que te da una hostia que te pone a bailar. (Adorables criaturas)

Y sus padres y madres, aunque esto lo dejaremos para otro día, porque podría escribir un libro, qué peligro…la única cabeza que tenemos, es la del pequeño ciervo que nos vino a visitar.

¡Hasta la próxima, chorlitos!

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